Soy una mujer, una migrante
Soy una mujer, una migrante, no fue la necesidad del trabajo lo que me hizo hacer las maletas. Sin embargo, yo también tuve que partir para vivir mi vocación, para serle fiel a Dios y a mí misma (M. Grazia Luise, “Tu che ci porti”)
Al inicio de nuestra historia de Misioneras Seculares Scalabrinianas no había sólo una respuesta a una necesidad social, sino una respuesta al amor total y gratuito de Jesús que nos llevó a dejar atrás nuestra ‘propria tierra’ y a ponernos en camino con Él, en éxodo.
Lo que nos mueve no es sólo hacer algo por los migrantes, sino a ser migrantes con ellos. En este caminar, nos dejamos guiar -en cada paso- por los ‘signos de Dios’ para cada una de nosotras y los ‘signos de los tiempos’ presentes en la sociedad en que vivimos. He tenido la oportunidad de realizar varios viajes, en estos años de vida misionera, experimentando lo que significa ‘partir’ y ‘llegar’, a veces sin saber por cuánto tiempo. En preparación de los votos perpetuos fui a Stuttgart, Alemania, donde
vive Adelia Firetti, la primera misionera de nuestra comunidad. Por algunos meses no desempacaba del todo las maletas, pues pensaba que regresaría pronto … la estancia allá fue de casi 12 años.
Un primera mirada
Mi primera mirada en este país nuevo, fue como la de una turista de paso, llena de curiosidad y sorpresa, con gran interés por conocer la cultura, por escuchar un idioma diferente. Observaba a la gente, las tradiciones, los paisajes, el cuidado y el orden de la ciudad. Aprendía cosas nuevas y apreciaba a las personas y todo lo positivo que veía en ellas.
Una mirada desde adentro
Cuando la estancia en una tierra nueva, desconocida, se hace más larga, empieza el ‘tiempo ordinario’. Es ahí donde se comparte la vida de todos los días, la búsqueda de un trabajo, donde nacen malentendidos a causa del idioma y la cultura diferente, y las dificultades en la integración. Emerge la ‘diferencia’ del otro.
Quien es extranjero se encuentra en una posición de desventaja, pues es una minoría, no encaja del todo con los demás, además de depender de un permiso de residencia para quedarse. O se adapta perdiendo la riqueza que lleva consigo, o descubre su aportación ‘diferente y única’ a la nueva sociedad.
Mirando desde adentro, me di cuenta de que también en un país con un bienestar económico existen otros tipos de pobreza. Sin embargo, se encuentran personas abiertas, acogedoras, que, más allá de las diferencias externas (color de piel, idioma, religión, etc.), de mentalidad y cultura, ven al ‘otro’ como una persona humana, semejante a ellas.

Una convivenza possibile
El tiempo que estuve en Alemania me permitió encontrar el mundo. Mi vida diaria se desarrollaba en un ambiente multicultural, estando en contacto con personas de países muy diferentes y con situaciones de vida variadas (migrantes y refugiados, estudiantes internacionales, profesionistas…).
Con el tiempo, tuve la dicha de conocer personas autóctonas muy sensibles y acogedoras, que hacían caer los ‘estereotipos’ que escuchaba.
En la convivencia juntos crecía una apertura reciproca, aprendiendo a valorar la riqueza de cada persona y cultura. Las diferencias no eran motivo de separación y nos sentíamos, siempre más, parte de una misma familia humana.
Durante los encuentros en los Centros Internacionales Scalabrini, tuve la oportunidad de compartir con jóvenes y familias los anhelos más profundos del corazón, para sí y para el mundo, pude escuchar sus historias de vida, dramáticas para quien es refugiado, y fui testigo de la fortaleza y esperanza que Dios dona a quién en Él confía. En el rostro de cada persona se manifestaba la presencia viva de Jesús ‘extranjero’ (cfr. Mt 25,35). Fueron esos encuentros que me hicieron ver más allá de la fachada, y con la mirada profética de Scalabrini, vislumbrar el plan de Dios que se está realizando a través del encuentro de todos los pueblos, donde seremos todos uno en Cristo (cfr. Gal 3, 28), el nuevo Pentecostés.
Cada tierra extranjera es patria...
En esos años, como en un telar, se tejieron lazos de amistad y de acogida reciproca, en el compartir diario con mi comunidad misionera, con los refugiados que me abrieron las puertas de sus vidas, con los jóvenes migrantes que vivieron conmigo las alegrías y tristezas del camino, con las personas del lugar. A través de esto descubrí que el hogar, ‘Heimat’ (en alemán), está en estos vínculos de fraternidad, en el caminar juntos, en el compartir el ‘pan de la vida y de la fe’.
... y cada patria es tierra extranjera
Ahora después de varios años recibí un nuevo ‘envío misionero’ para compartir la vida de mi comunidad en la Ciudad de México. Para mí no sólo es un regreso a mi lugar de origen, Dios me llama nuevamente a partir, a ‘dejar mi tierra’, a seguir caminando, como Abraham, confiando en su promesa de fecundidad, “mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes” (cfr. Gn 15,5).
Aunque regreso a mi país, muchas cosas han cambiado, la situación migratoria es diferente. México se ha vuelto la ‘sala de espera’ para quien busca alcanzar Estados Unidos, sobre todo centroamericanos y sudamericanos, además de los desplazados internos por el crimen organizado en el país. Y ahora el país ya está sintiendo las consecuencias de las políticsa de expulsión de la administración de Trump.
Ante un panorama de injusticia que nos supera, no faltan signos concretos de solidaridad y fraternidad. He sido testigo de pequeños y grandes gestos de caridad, en las Casas del Migrante, en las parroquias y de todos aquellos que a lo largo del camino tratan de aliviar el peso de los migrantes.
En sintonía con ellos me pongo en camino, migrante por vocación, con la certeza de que la meta de nuestro caminar está en Dios, nuestra única esperanza y morada.
Lee el artículo completo, además de otras experiencias: Revista Por los caminos del éxodo 2024 n.2 (link)
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